Así decidí viajar a Vietnam


Me encanta la historia que explica cómo acabé viajando a Vietnam. Es un efecto mariposa de pocas piezas rodeado de un contexto más abrumador.
El contexto era vivir a disgusto en Barcelona. Aunque Barcelona es una de las grandes ciudades más bonitas del mundo, vivir en Barcelona se volvió en un No Surprises de Radiohead constante. Cada semana lo mismo. Llegué al punto al que otras personas llegaron antes que yo, y al que seguro que otras personas siguen llegando. Estaba a disgusto con la oferta laboral y con la situación de la vivienda que atraviesa el país (o que ha permitido la clase política, en otras palabras).
La vida se convirtió en un clásico 9-5 en la oficina, y volver a casa pensando a menudo en el día siguiente. Pensando qué cocinar para el tupper del día siguiente. O pensando que mejor despertarme quince minutos antes al día siguiente, al volver a acasa cansado ese día mismo, para freír unos miserables nuggets. La vida se convirtió en el videoclip de I Could Be The One de Avicii.
Los años anteriores al momento culminante de tomar la decisión a Vietnam ya tuvieron señales. En el verano del 23, en el aeropuerto de Málaga, mientras hacía tiempo para ir a Sevilla en tren, se me acercó un hombre noruego, que estuvo preso, y que viajaba al Caribe para ir a visitar a su novia, a la que había conocido a través de una app.
Al principio me intimidó un poco. Pero al notar complicidad, me abrí y le conté sobre mi disgusto. Me dijo que si había entrado en la fase de que me cueste levantarme por la mañana, que probara algo nuevo en otro país. "Hablas inglés y francés, y puedes empezar fregando platos en un restaurante", me dijo.
Otra señal se produjo más recientemente, cuando me encontré a un excompañero del instituto en el tren. Nos pusimos un poco al día, y viendo otra vez la confianza que había adquirido la conversación, le compartí mis sensaciones. Me dijo que él se iba a ir una temporada a Shanghái. Y que no me quería volver a ver por la calle, ya que eso sería sinónimo de que aún no había viajado para tomar el necesario aire.
Se estaba acercando. Desde diciembre del 25 empecé a cobrar el paro. Aproveché y decidí cobrarlo íntegramente mientras me concentraba en proyectos personales. Aún así, seguía teniendo una vida muy sedentaria. ¿Qué pensarían mis antepasados, todos aquellos que participaron en el camino de África, cuna de la civilización humana, a Europa del Este, caminando siempre y haciendo mucho más que los 4.000 pasos diarios?
En marzo de este año volví de casa de mis padres en Sant Cugat, donde pasé unos días, al piso que estaba alquilando en Barcelona con un amigo mío. Por algún motivo, dejé mi portátil en Sant Cugat. Y resulta que jugaba el Barça. Partido de vuelta de octavos de final de la Champions, contra el Newcastle. Buen cartel como para perdérmelo. Al no tener portátil, tuve que bajar a verlo en un bar.
Fui solo, de manera muy improvisada, al más cercano. No era el mejor bar para ver un partido de la Champions. Apenas se oía el volumen de la televisión desde la terraza donde me senté, y encima iba con delay respecto al bar del lado, que estaba lleno. Pero al haber bajado con poco tiempo de antelación, no me pude poner exquisito. Gritaron los siete goles del Barça antes de poder verlos nosotros, quitando todo el factor sorpresa.
Podría haber cambiado de bar en el descanso. Eran quince minutos para buscar una segunda oportunidad. Pero ya no quería. El partido pasó a un segundo plano.
Cuando me senté en la terraza, tuve que compartir mesa con una mujer que también miraba el partido sola. Lo primero que me dijo fue que era inglesa y que era del Newcastle, así que todo tenía más sentido. Como buena inglesa, tenía mucha gracia y personalidad. Así que fuimos charlando cada vez más. Sobre fútbol y el Newcastle al principio, sobre la vida más tarde.
Cuando aún no había acabado el primer tiempo, apareció una amiga suya. Se llamaba Huong, era vietnamita, y se sentó con nosotros, mientras el partido quedaba cada vez más diluido. En la mesa, la charla se ponía cada vez más profunda. La inglesa me contó que con mi misma edad, 27 años entonces, precisamente se puso a viajar por el sudeste asiático. Paradójicamente estuvo en todos los países excepto en Vietnam. Me dijo que ahora lo volvería a hacer, si no fuera porque ya está casada y tiene hijos adolescentes.
Todo viró hacia Huong. Como buena vietnamita, se mostraba muy orgullosa de su país. Pero no era para menos. Empezó a hablarme de su país y a mostrarme fotos. Lo que más me atrapó fueron las fotos de Ha Long Bay. También me enseñó los precios. Y para qué mentir, eso es un estimulante a la hora de decidir viajar y de decidir un destino. Por menos romántico que quede. El viaje, si barato, dos veces bueno. Poder llenar una bolsa de supermercado con 4 euros en lugar de 20, también.
Por si acaso, decidí pedirle el WhatsApp a Huong. Desde esa noche, quedamos en contacto muy habitual. Me fue mostrando fotos del país, y de ella en el país. También contándome cómo llevó en moto a una amiga suya de Turquía.
Desde entonces, tuve un sueño.
Tenía cosas que resolver, como dejar el piso que estaba alquilando, así que no podía ser inmediato. Pero empecé a mirar muchos vídeos de la vida vietnamita, y eso era un faro entre el mar de disgustos que vivía en Barcelona. Después de poder dejar el piso, pasé un mes en el campo con mi perro, volví a la civilización, miré la final del Mundial con mis amigos, miré la Odisea con mi familia, y emprendí mi propia odisea.
Me anticipé a mis amigos y, antes que lo hicieran ellos, les dije que sabía que mis problemas no se resolverían solos al viajar. Hice la mochila y me fui.
El 28 de julio volé hacia Shanghái, el 29 de julio llegué a Hanói, y el 30 de julio celebré mi 28 cumpleaños allí. Por fin cumplía ese sueño de salir, que tantas personas habían alimentado, y que yo no supe que necesitaba. Por fin había sorpresas.
Estoy escribiendo esto cuando se agota la visa en el país de los Viet del sur. Hanói, Ha Long, la isla Cát Bà y Ninh Bình ha sido mi recorrido. Pero ahora sigue mi aventura. Aunque aguardo días bañándome por fin en aguas limpias y cristalinas, Vietnam ya está en mi corazón. Me compré la camiseta de su selección, y como hombre fiel, no me compraré la de otra selección del sudeste asiático.
Han sido 45 días en los que he conocido a personas geniales y, como dice el tópico, 45 días en los que me he conocido a mí mismo un poco más. 45 días con sonrisas, con solitud pero también con soledad. 45 días de goce y de teletrabajo, si es que se pueden separar ambos conceptos. 45 días entre algunas personas algo malas y muchas personas muy buenas. 45 días en los que he vuelto a sentir cosas que hacía tiempo que no sentía. 45 días en los que me ha quedado más claro qué es lo que no quiero y qué es lo que quiero.

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